miércoles, 11 de septiembre de 2024

Día de la prevención del suicidio 2024

 

Vivo en un conjunto de condominios, las personas que aquí viven son por lo generar gente que ya se jubiló, o que sencillamente viven en sus sesentas o mas años, por lo que sus dinámicas suelen ser diurnas y muy discretas.

A pesar de tener unos amplios jardines que invitan a descalzarse y pisar el pasto, rara vez o nunca hay niños jugando en ellos, y aunque cuenta con una alberca enorme en un área especial con camastros y regadera, usualmente quienes la usan son personas que no viven aquí, sino que rentan algunos de los departamentos para vacacionar.

Los ruidos que visten el área suelen ser procurados por el baile de las hojas de los numerosos arboles que rodean cada estructura, algunos insectos, y muy temprano, las máquinas de los hombres de mantenimiento que vienen al menos cada lunes para barrer maleza, regar veredas y hacer algunas otras labores de este tipo.

La lavandería también es comunitaria, y lavamos en casa unas dos o tres veces por semana. No obstante, jamás en dos años me ha tocado ver a alguien usando las lavadoras, aunque supongo que lo hacen.

Ayer al llegar de clases cerca de las 10 de la noche, me dispuse a lavar los uniformes de Samantha, los cuales están ordenados para que use uno por día y así poder lavar los sábados, pero que debido a que la semana pasada falto dos días a la escuela, esta vez se terminaron de utilizar a mediados.

No había solución, a lavar y secar. Mi esposo que tiene la disciplina de despertar a las cinco de la mañana de cada día de su vida, me acompañó a llevar la carga a la lavandería, que está saliendo por el patio del departamento, cruzando uno de los jardines, a espaldas del salón de conferencias que se encuentra frente a la alberca. Son unos cincuenta pasos.

Pero cuando llegó la hora de recoger la ropa ya salida de la secadora, eran cerca de las 12 de la noche, y Harold ya estaba dormido con la cabeza hacia atrás, en la pose que tienen las personas que insisten en permanecer despiertas cuando su organismo ya agotó toda la energía. Le pedí que se fuera a dormir, que ya no me esperara, y yo me fui por la ropa sola, un poco antes de que terminara el ciclo, esperando poder sacarla de poco e irla doblando abriendo y cerrando la puerta de la máquina.

Estos días ha sido muy duros para mi neurosis, no puedo olvidar que dejé mi tratamiento psiquiátrico inconcluso sólo porque el psiquiatra sugirió una respuesta obvia a mi padecimiento que me hizo sentir incómoda, y aunque siento que tiene razón, me quitó las ganas de regresar, junto con el medicamento que ya me estaba haciendo sentir peor con los efectos secundarios, los gastos que estábamos realizando por la boda, y el pretexto de que yo estaba ya bajo control y no necesitaba nada.

La salud mental es un privilegio. El pago de la atención interdisciplinaria genera facturas para al menos dos especialistas, psicólogo y psiquiatra, más lo que pueda derivarse en estudios médicos y otros especialistas, como neurólogos, ginecólogos, nutricionistas, yo que sé. A veces nos olvidamos que lo que sabemos del cerebro es tan poco, que reducir su buen funcionamiento a una supuesta superioridad intelectual o moral, es insultante.

La maestra con la que estoy trabajando es muy consciente de toda esta problemática, yo misma he visto como habla a sus estudiantes sobre los problemas emocionales y les pide que los afronten pidiendo ayuda, y les ofrece comprensión y apoyo. Ojalá todos los profesores del mundo fueran así de empáticos.

Ella estudio algunos semestres de medicina antes de dedicarse a la literatura, y hablando sobre este tema me dijo algo: Alguna vez escuché que todo lo que conocemos sobre el cerebro es tan poco, que el dar medicinas a las personas con enfermedades psiquiátricas equivale a ponerle aceite al motor de un auto con el cofre cerrado.  

Luego por eso los pacientes tenemos esa sensación de que están experimentando con nosotros, de que no es una ciencia exacta, de que el camino hacia la salud mental es solamente tomar pastillas y contarle tus problemas a un desconocido, cuando en realidad, abarca diferentes cosas, empezando por que el medicamento será constantemente cambiado y muchas veces te hará sentir peor, y que el desconocido al que le cuentas tus cosas te va a confrontar con tus propias ideas, y será como pelearte contra ti mismo.

Ya ni hablar de lo caro e inaccesible que son todos estos servicios. Ningún terapeuta actualmente te cobra menos de 900 pesos, y si encuentras uno que cobre eso, o menos, no lo sueltes.

La atención a la salud mental vía medicina pública es un chiste de mal gusto, engorroso, saturado y en todos los sentidos insuficiente.

Por eso es un privilegio, y es un privilegio que aun así cuesta mucho. Mandamos a la gente a terapia pero no tenemos ni idea de si eso es justo lo que pueden obtener, yo también alguna vez lo hice y me arrepiento de haberlo usado como argumento para finalizar una discusión o un señalamiento.

Cuando salí del departamento y vi la alberca, me pareció un lugar tan hermoso. Con sus luces nocturnas y sus camastros. Pensé en la mujer que me ha molestado todas estas semanas, la mujer que no soy. La que se siente a gusto mirándose al espejo y no se hace enemistades imaginarias, la que logra controlas sus impulso por comer azúcar y no carga un bote de pastillas para dolor de cabeza. La que duerme tomando la mano del hombre que ama sin pensar en la muerte de nadie, y tiene energías para jugar con su hija y llevarla al parque. La mujer que ya escribió diez libros, ganó diez premios de poesía, esta en la mitad de la novela que siempre quiso escribir y entiende a todos los autores de teoría literaria. La misma que igual tiene tiempo y energía para maquillarse todos los días y sostener su mirada ante su reflejo sin sentir ganas de llorar por lo flácido de su rostro, o las canas que le están saliendo.

Vi a esa mujer, en medio de la alberca, nadando, y sentí mucha tristeza por las dos. A veces me pasa que cuando veo escenarios como este, me da por imaginar maneras. Mi psicólogo anterior decía que el pensar en ello era una fantasía de escape para mi, es decir, que aunque piense mucho o poco en ello, tras un año de atenderme, consideraba que no había en mi un solo indicio de que quisiera realizarlo, y me felicitaba por eso.

Mi psicóloga que me atendió después, me dijo que el hecho de que me mantuviera funcional y con ganas de vivir a pesar del sufrimiento que a veces me cargo, es un claro indicio de que mi problema es químico más que psicológico. Mi cerebro no funciona bien.

Mi psiquiatra recién me diagnostico con distimia, que básicamente es algo que no se cura, y para no explicar mucho, que vivo triste y viviré siempre así, y debo estar hipervigilante de cualquier asunto que pueda llevarme a una depresión mayor.

“Estar triste, gran problema”

Si eres de los privilegiados cuyo cerebro funciona muy bien, te invito a recordar aquella vez que se te murió alguien muy amado, o esa vez que te peleaste con tu pareja tal fuerte que terminaste durmiendo de tanto llorar. O cuando eras niño y se te murió tu primer perro. La depresión es sentirte así, por nada. Mirar a tu alrededor, ver un sol precioso, gente a la que amas, comida deliciosa, tu sueño hecho realidad, pero sentir tantas ganas de llorar que resulta incontrolable.

Cuando vi a esa mujer me di cuenta que tenía mucho tiempo que no la veía, a veces tiendo a idear maneras, como ya dije. Pastillas. Asfixia. Irse a un lugar alejado de todo mundo y despedirse para luego dejarle a la policía la tarea de avisarle a mi familia que me encontraron en algún lugar.

Yo pensé esta vez en el tramadol, una sobredosis que me hiciera sentir sin dolor, y luego, solo sumergirme en la alberca, en la parte donde el agua me supera la cabeza y entonces no podría salir porque no sé nadar.

Harold no se daría cuenta, estaba dormido, igual que Sam. Luego tendrían que avisarle a mi mama y a mi hermana. Nadie me interrumpiría, pero mira que el sólo pensar en el dolor que les puede causar, en los libros que quiero escribir, en la historia que quiero contar, en las promesas que he hecho y que no he podido cumplir, hace que se me doble el corazón y me doy cuenta que es solo eso, una fantasía, algo que no deseo realizar.

Y pues eso, me tragué el nudo en la garganta y me fui a dormir con la ropa limpia.

Hoy al despertar pude ver una vez mas a mi esposo y a mi hija yéndose a la escuela, la maestra a la que ayudo me dio un abrazo y me hizo sentir que tengo una nueva amiga, me preparé una ensalada con pollo y queso, y me puse a escribir esto, recordando como siempre lo sencillo que parece todo cuando lo miras plasmado en una hoja de papel.

No me felicito por nada, pero me alegra que mi cabeza tenga ese juicio de decidir que, aunque siente que desea morir, no quiere. Y que al final, tengo una red de apoyo tan fuerte, que, aunque a veces siento que me voy a volver loca, sé que no pasará.

Y que nada es para siempre, y ese nada incluye el dolor.

Es como aquella vez que un hombre que se quería suicidar me llamó al periódico en el que trabajaba. Ni siquiera sé muy bien porque, no sé qué esperaba, ayuda, supongo.

Cuando me siento al borde como estos días, me da por querer buscarlo y ser yo ahora quien le llame. Espero siga teniendo una vida y que esta sea mejor. Y espero también yo misma poder ser feliz algún día,