Vivo en un
conjunto de condominios, las personas que aquí viven son por lo generar gente
que ya se jubiló, o que sencillamente viven en sus sesentas o mas años, por lo
que sus dinámicas suelen ser diurnas y muy discretas.
A pesar de
tener unos amplios jardines que invitan a descalzarse y pisar el pasto, rara
vez o nunca hay niños jugando en ellos, y aunque cuenta con una alberca enorme en
un área especial con camastros y regadera, usualmente quienes la usan son
personas que no viven aquí, sino que rentan algunos de los departamentos para vacacionar.
Los ruidos
que visten el área suelen ser procurados por el baile de las hojas de los numerosos
arboles que rodean cada estructura, algunos insectos, y muy temprano, las máquinas
de los hombres de mantenimiento que vienen al menos cada lunes para barrer
maleza, regar veredas y hacer algunas otras labores de este tipo.
La
lavandería también es comunitaria, y lavamos en casa unas dos o tres veces por
semana. No obstante, jamás en dos años me ha tocado ver a alguien usando las
lavadoras, aunque supongo que lo hacen.
Ayer al
llegar de clases cerca de las 10 de la noche, me dispuse a lavar los uniformes
de Samantha, los cuales están ordenados para que use uno por día y así poder
lavar los sábados, pero que debido a que la semana pasada falto dos días a la
escuela, esta vez se terminaron de utilizar a mediados.
No había
solución, a lavar y secar. Mi esposo que tiene la disciplina de despertar a las
cinco de la mañana de cada día de su vida, me acompañó a llevar la carga a la
lavandería, que está saliendo por el patio del departamento, cruzando uno de
los jardines, a espaldas del salón de conferencias que se encuentra frente a la
alberca. Son unos cincuenta pasos.
Pero
cuando llegó la hora de recoger la ropa ya salida de la secadora, eran cerca de
las 12 de la noche, y Harold ya estaba dormido con la cabeza hacia atrás, en la
pose que tienen las personas que insisten en permanecer despiertas cuando su
organismo ya agotó toda la energía. Le pedí que se fuera a dormir, que ya no me
esperara, y yo me fui por la ropa sola, un poco antes de que terminara el
ciclo, esperando poder sacarla de poco e irla doblando abriendo y cerrando la
puerta de la máquina.
Estos días
ha sido muy duros para mi neurosis, no puedo olvidar que dejé mi tratamiento psiquiátrico
inconcluso sólo porque el psiquiatra sugirió una respuesta obvia a mi padecimiento
que me hizo sentir incómoda, y aunque siento que tiene razón, me quitó las
ganas de regresar, junto con el medicamento que ya me estaba haciendo sentir
peor con los efectos secundarios, los gastos que estábamos realizando por la
boda, y el pretexto de que yo estaba ya bajo control y no necesitaba nada.
La salud mental
es un privilegio. El pago de la atención interdisciplinaria genera facturas
para al menos dos especialistas, psicólogo y psiquiatra, más lo que pueda derivarse
en estudios médicos y otros especialistas, como neurólogos, ginecólogos, nutricionistas,
yo que sé. A veces nos olvidamos que lo que sabemos del cerebro es tan poco,
que reducir su buen funcionamiento a una supuesta superioridad intelectual o moral,
es insultante.
La maestra
con la que estoy trabajando es muy consciente de toda esta problemática, yo misma
he visto como habla a sus estudiantes sobre los problemas emocionales y les
pide que los afronten pidiendo ayuda, y les ofrece comprensión y apoyo. Ojalá
todos los profesores del mundo fueran así de empáticos.
Ella estudio algunos semestres de medicina antes de
dedicarse a la literatura, y hablando sobre este tema me dijo algo: Alguna vez
escuché que todo lo que conocemos sobre el cerebro es tan poco, que el dar
medicinas a las personas con enfermedades psiquiátricas equivale a ponerle
aceite al motor de un auto con el cofre cerrado.
Luego por
eso los pacientes tenemos esa sensación de que están experimentando con
nosotros, de que no es una ciencia exacta, de que el camino hacia la salud mental
es solamente tomar pastillas y contarle tus problemas a un desconocido, cuando
en realidad, abarca diferentes cosas, empezando por que el medicamento será constantemente
cambiado y muchas veces te hará sentir peor, y que el desconocido al que le
cuentas tus cosas te va a confrontar con tus propias ideas, y será como
pelearte contra ti mismo.
Ya ni
hablar de lo caro e inaccesible que son todos estos servicios. Ningún terapeuta
actualmente te cobra menos de 900 pesos, y si encuentras uno que cobre eso, o
menos, no lo sueltes.
La
atención a la salud mental vía medicina pública es un chiste de mal gusto,
engorroso, saturado y en todos los sentidos insuficiente.
Por eso es
un privilegio, y es un privilegio que aun así cuesta mucho. Mandamos a la gente
a terapia pero no tenemos ni idea de si eso es justo lo que pueden obtener, yo
también alguna vez lo hice y me arrepiento de haberlo usado como argumento para
finalizar una discusión o un señalamiento.
Cuando salí del departamento y vi la alberca, me
pareció un lugar tan hermoso. Con sus luces nocturnas y sus camastros. Pensé en
la mujer que me ha molestado todas estas semanas, la mujer que no soy. La que
se siente a gusto mirándose al espejo y no se hace enemistades imaginarias, la
que logra controlas sus impulso por comer azúcar y no carga un bote de
pastillas para dolor de cabeza. La que duerme tomando la mano del hombre que
ama sin pensar en la muerte de nadie, y tiene energías para jugar con su hija y
llevarla al parque. La mujer que ya escribió diez libros, ganó diez premios de
poesía, esta en la mitad de la novela que siempre quiso escribir y entiende a
todos los autores de teoría literaria. La misma que igual tiene tiempo y
energía para maquillarse todos los días y sostener su mirada ante su reflejo
sin sentir ganas de llorar por lo flácido de su rostro, o las canas que le
están saliendo.
Vi a esa mujer, en medio de la alberca, nadando, y
sentí mucha tristeza por las dos. A veces me pasa que cuando veo escenarios
como este, me da por imaginar maneras. Mi psicólogo anterior decía que el
pensar en ello era una fantasía de escape para mi, es decir, que aunque piense
mucho o poco en ello, tras un año de atenderme, consideraba que no había en mi un
solo indicio de que quisiera realizarlo, y me felicitaba por eso.
Mi psicóloga que me atendió después, me dijo que el
hecho de que me mantuviera funcional y con ganas de vivir a pesar del
sufrimiento que a veces me cargo, es un claro indicio de que mi problema es
químico más que psicológico. Mi cerebro no funciona bien.
Mi psiquiatra recién me diagnostico con distimia, que básicamente
es algo que no se cura, y para no explicar mucho, que vivo triste y viviré
siempre así, y debo estar hipervigilante de cualquier asunto que pueda llevarme
a una depresión mayor.
“Estar triste, gran problema”
Si eres de los privilegiados cuyo cerebro funciona muy
bien, te invito a recordar aquella vez que se te murió alguien muy amado, o esa
vez que te peleaste con tu pareja tal fuerte que terminaste durmiendo de tanto
llorar. O cuando eras niño y se te murió tu primer perro. La depresión es
sentirte así, por nada. Mirar a tu alrededor, ver un sol precioso, gente a la
que amas, comida deliciosa, tu sueño hecho realidad, pero sentir tantas ganas
de llorar que resulta incontrolable.
Cuando vi a esa mujer me di cuenta que tenía mucho
tiempo que no la veía, a veces tiendo a idear maneras, como ya dije. Pastillas.
Asfixia. Irse a un lugar alejado de todo mundo y despedirse para luego dejarle
a la policía la tarea de avisarle a mi familia que me encontraron en algún
lugar.
Yo pensé esta vez en el tramadol, una sobredosis que
me hiciera sentir sin dolor, y luego, solo sumergirme en la alberca, en la
parte donde el agua me supera la cabeza y entonces no podría salir porque no sé
nadar.
Harold no se daría cuenta, estaba dormido, igual que
Sam. Luego tendrían que avisarle a mi mama y a mi hermana. Nadie me
interrumpiría, pero mira que el sólo pensar en el dolor que les puede causar,
en los libros que quiero escribir, en la historia que quiero contar, en las promesas
que he hecho y que no he podido cumplir, hace que se me doble el corazón y me
doy cuenta que es solo eso, una fantasía, algo que no deseo realizar.
Y pues eso, me tragué el nudo en la garganta y me fui
a dormir con la ropa limpia.
Hoy al despertar pude ver una vez mas a mi esposo y a
mi hija yéndose a la escuela, la maestra a la que ayudo me dio un abrazo y me
hizo sentir que tengo una nueva amiga, me preparé una ensalada con pollo y
queso, y me puse a escribir esto, recordando como siempre lo sencillo que
parece todo cuando lo miras plasmado en una hoja de papel.
No me felicito por nada, pero me alegra que mi cabeza
tenga ese juicio de decidir que, aunque siente que desea morir, no quiere. Y
que al final, tengo una red de apoyo tan fuerte, que, aunque a veces siento que
me voy a volver loca, sé que no pasará.
Y que nada es para siempre, y ese nada incluye el
dolor.
Es como aquella vez que un hombre que se quería suicidar
me llamó al periódico en el que trabajaba. Ni siquiera sé muy bien porque, no
sé qué esperaba, ayuda, supongo.
Cuando me siento al borde como estos días, me da por
querer buscarlo y ser yo ahora quien le llame. Espero siga teniendo una vida y
que esta sea mejor. Y espero también yo misma poder ser feliz algún día,



