Por las mañana veo a Dios sentado en el comedor de una casa sin habitantes, decorado al estilo americano, bebiendo café amargo y con la cara detrás del periódico, leyendo con obstinado tedio las nuevas del mundo que creó.
No se ha cambiado de pants, no se ha afeitado, tiene puesta una camisa de franela a cuadros y en la sección de historietas ni siquiera sonríe, masculla algo que nos dice que somos idiotas y da un sorbo a su taza roja. Dios no maldice en voz alta, Dios piensa que estamos locos, Dios es aticuado y no tiene sexo nunca, porque nunca ha sido casado y detesta el aroma de los prostíbulos. Pero Dios también tiene emisiones nocturnas, que confunde con fiebres y lo han hecho adicto a los antigripales; sus sueños extraños con Hitler no le dan un indicio de su exitación, Dios odia a los homosexuales y a las madres solteras y a las mujeres en general.
¿Dios siempre fue así?
En un principio Dios era un niño con mejillas rojas, que no tuvo hermanos y nunca aprendió a compartir. Que por no ponerle atención prefirieron darle juguetes, que invento los suyos propios en su habitación. Comía tierra cuando nadie lo veía, se orinaba en la cama y producía inundaciones terribles.
Su miedo a los monstruos del armario lo hizo aferrarse a la luz, a las cosas que el creia buenas y sanas.
Pero un día Dios creció, y probó el LSD, y lo probó varias veces, y su existencia tuvo sentido entonces.
Hasta que después de un mal viaje, tocó fondo como los hombres que van a los grupos AA, y se hizo adicto al café, y se resignó a una castidad perpetua, y se encerró en la cocina de su casa, a leer el periódico de cada día.
Nosotros, sólo somos su resaca, nosotros somos unos idiotas, creados en la mente de un exconsumidor de drogas.
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