Enriqueta Ochoa fue una poeta mexicana nacida en Torreón Coahuila, el 2 de mayo del 1928.
Murió el 1 de diciembre del 2008, antes de que empezara a gustarme a la poesía; lo cual es verdaderamente triste, hubiera vendido todo lo que poseo sólo por uno de sus libros firmados.
Las vírgenes terrestres (1972)
para
Marianne, mi hija
Introito
En vano
envejecerás doblado en los archivos,
no
encontrarás mi nombre.
En vano
medirás los surcos sementados
queriendo
hallar mis propiedades,
no tengo
posesiones.
En cambio,
¿el sueño
de los valles arrobados es mío?
Sí.
¿Mío es el
subterráneo rumor de la semilla?
También.
Si me
extraviara a tientas, en la oscuridad,
¿cómo
podrían llamarme y entenderles?
Llámenme
con el nombre
del único
incoloro vestido que he llevado,
el de
virgen terrestre.
I
Duele esta
tierra henchida de vigores
sollamando
la frente,
quemando
las entrañas...
Todo mi
nombre dentro se me rompe de odio:
odio a la
puerta en mí, siempre llamada,
odio al
jardín de afanes desgajados
entre el
sol y la muerte.
Por encima
de las colinas arde la luz,
el tiempo
se deshoja
y yo
envejezco aquí traspasada de urgencias
frente a la
puerta hermética.
Soy la
virgen terrestre espesa de amargura,
desolada
corriendo
del reguero
de impactos en mi pulso.
Ya no me
soporto en las grietas de la espera
ni el sopor
del silencio.
II
¡Mentira
que somos frescas quiebras
cintilando
en el agua!,
que un
temblor de castidad serena
nos albea
la frente,
que los
luceros se exprimen en los ojos
y nos
embriagan de paz.
¡Mentira!
Hay una
corriente oscura disuelta en las entrañas
que nos
veda pisar sin ser oídas
y sostener
equilibrio de rodillas,
con un
racimo de luces extasiadas
sobre el
pecho.
III
Dicen que
una debe
morderse
todas las palabras
y caminar
de puntas, con sigilo,
cubriendo
las rendijas,
acallando
al instinto desatado,
y poblando
de estrellas las pupilas
para ahogar
el violento delirio del deseo.
Pero es que
si el cuerpo
pide su
eternidad limpio y derecho,
es un
mordiente enojo andarle huyendo;
dejar su
temblorosa mies ardiendo a solas,
sin el olor
oscuro de los pinos.
Siempre
cerrada,
ignorando
cómo se desgaja
el surco
dorado ante la siembra;
de tumbo en
tumbo,
cerrados
los sentidos
y
alumbrándose a medias.
IV
Viejas
causas, cánones hostiles,
fervorosos
principios maniatándome.
¿Sobre qué
ejes giran que me doblan
a beberme
la muerte en la conciencia?
Yo me miro
y no soy sino una cripta en llamas,
una
existencia informe, sonámbula,
cargada de
fatiga.
¿Es lícito
permitir que se extinga
en
servidumbre enferma
el bárbaro
reclamo que nos sube
de abordar
a la tierra por la tierra?
V
En esta
brava inmensidad
no logran
retenerme los desvaríos blandos
o el ímpetu
del sueño.
La tierra
es ruda, trémula, ardorosa,
y se me
expande dentro.
El vértigo
sanguíneo esplende
arrebatando
al canto
y ni le
puedo contener el paso,
ni
sustraerme a los labios
que me caen
al papel como dos brasas.
VI
Pienso en
las abastecidas, las satisfechas,
las del
ancho mar;
las que
reciben el regocijo vital de las corrientes
—cauces
donde la vida vibra y se eterniza—,
pienso en
las abastecidas
y me irrita
el despecho
de mi roja
marea sofocada;
al no
encontrar la presencia de Dios
por ningún
ángulo
y andar de
pueblo en pueblo
emblanquecida
de miedo,
de pasión y
de tedio,
sepulto el
corazón bajo el hollín
de todos los
recelos.
VII
Te rindo y
te maldigo, recio olor de la tierra,
tempestad
original,
relámpago
dulcísimo de muerte.
Te maldice
el temor
de ver que
Dios no acierte a descifrar mi nombre,
porque yo,
la que soy,
no asisto
ni en el Monte Tabor
para el
desposamiento en brillos,
ni soy de
las que escalan
por los
peldaños de la sangre al sol.
Dije que
era un vaivén de la ola sombría,
la ola de
las vírgenes terrestres,
las que no
recibimos más nombre
que el que
nos dieron niñas en la pila;
y cuando Dios
nos llame
nunca habrá
de encontrarnos,
dirá: las
innombradas,
los
desvaídos soplos, los desplomes silentes,
las estepas
perdidas bajo esfumino duro,
y nosotras,
cubiertas de humo en las honduras
de un país
olvidado,
vocearemos
respuestas en remolino cálido,
arderemos
los montes,
alzaremos
los brazos en furia atropellada
y todas en
un grito hendiendo los contornos,
serpentearemos
secas,
deshechas
de agonía.
Pero
inútil, inútil,
porque a la
tierra estéril
no se le
oyen los labios.
Avispero (1955)
para
Fernando Medina
Cualquier
cosa es mejor
a este
avispero en llamas que me aguija,
porque
aquí, donde estoy, me duele todo:
la tierra,
el aire, el tiempo,
y este
volcanizado sueño a ciegas, sucumbiendo.
Anoche
sollozaba por un vaso de luz,
hora tras
hora ardí de sed
y amanecí
vacía.
Otra noche
fue el sobresalto dulce, el de la sangre;
enardecida
fue de la jaula al látigo,
del látigo
al silbido
agresivo y
caliente de las venas,
amanecí
amargada.
Otra vez,
me adentré
un amor como montaña;
gacela
estremecida vagué temblando húmeda de
lágrimas
Mansamente
en silencio,
ahíta de
ternura,
bebí luz de
cristal entre los sueños,
se me
quebró en la entraña, me cortaba,
y me quedé
en tinieblas...
Cuántas
cosas he dicho,
palabras
que se arrancan por no llorar de rabia.
Ya no puedo
dormir sobre la misma almohada
aunque los
ojos sueñen;
me repudio
al decirlo,
pero
cualquier cosa es mejor
a este
avispero en llamas en que vivo.
El Lomo
De La Vida
Tras la
reclusión vino de improviso la luz.
Deslumbrada,
llegué
al núcleo de un violento avispero.
Ajena a
la concesión estudiada,
inoportuna,
con la
simplicidad del que ignora
el
aguijón de la insidia,
pasé la
mano, sin malicia, por el lomo de la vida.
Dios
mío, qué brutal quemadura.
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